¿Qué es la ansiedad?

Cuando escuchamos la palabra ansiedad lo primero que se nos viene a la cabeza son connotaciones negativas, sin embargo, la ansiedad es un importante mecanismo de supervivencia, nos ha acompañado desde hace miles de años y es una de los comportamientos que nos ha permitido sobrevivir como especie.

Es el mecanismo que se ponía en marcha cuando nuestros antepasados tenían que huir de un depredador o prepararse para luchar. Es el mismo mecanismo que hoy en día se pone en marcha cuando nos encontramos ante una situación de peligro, como tener que esquivar a un coche que se acerca velozmente hacia nosotros, o salir corriendo ante una posible agresión, robo, etc.

¿Qué es lo que sucede en nuestro cuerpo exactamente?

Cuando percibimos un estímulo potencialmente peligroso, se ponen en marcha dos procesos paralelos. Por un lado, las partes más antiguas de nuestro cerebro se activan (el cerebro reptiliano que ayudó a sobrevivir a nuestros ancestros: amígdala, locus coeruleus). Se trata de un proceso automático que actúa con gran rapidez, ya que su principal función es la de preparar a nuestro organismo para la acción. Por otro lado, se activa nuestro córtex prefrontal, es la parte “más moderna” de nuestro cerebro, es el área destinada a la planificación de comportamientos cognitivamente complejos y va a ser el encargado de determinar si el estímulo potencialmente peligroso lo es realmente o no.

Proceso automático

El sistema nervioso central manda la información al sistema nervioso autónomo simpático, que es el encargado de preparar a nuestro organismo para la acción, y todo nuestro cuerpo empieza a movilizarse produciéndonos diferentes sensaciones:

  • Taquicardia, opresión en el pecho: el organismo se prepara para la lucha o la huída, los músculos necesitan más oxígeno y glucosa de lo habitual para estar preparados y nuestro corazón empieza a bombear más rápido para llevarles éstos y otros nutrientes. Dependiendo de la capacidad de cada persona de percibir sus procesos internos, estas sensaciones pueden pasar desapercibidas o resultar incluso desagradables.
  • Dificultades para respirar, mareo: como los músculos necesitan más oxígeno la respiración se acelera. En una situación de peligro real en la que hubiese que salir corriendo esto no supondría ningún problema, pero en aquellos casos en los que esto no sucede y no hay una actividad física que acompañe a estos procesos lo que ocurre es que hay mucho más oxígeno en la sangre del que necesitamos: hiperventilación. Paradójicamente la sensación que produce este exceso de oxígeno es que falta el aire, por lo que la persona suele ponerse aun más nerviosa.
  • Molestias gastrointestinales: el aparato digestivo ante situaciones de peligro cesa momentáneamente su actividad, así, dependiendo del momento del proceso digestivo en el que estemos nos podemos encontrar con diferentes molestias: náuseas, diarrea, dolor de estómago, estreñimiento…
  • Dolor de cabeza y de espalda: nuestros músculos se tensan para prepararse para huir o luchar, cuando esta tensión se mantiene a lo largo del tiempo sin que realicemos ninguna actividad física pueden aparecer sensaciones de dolor sobre todo en la espalda y la cabeza llegando a producirse incluso contracturas.
  • Sensación de frío y de calor: en ocasiones podemos sentir que la temperatura interior aumenta debido al mayor aporte sanguíneo destinado a los órganos internos y los músculos para estar preparados para la acción. También es normal sentir frío en las extremidades ya que disminuye el aporte sanguíneo en las zonas superficiales de la piel para evitar perder mucha sangre en caso de resultar heridos.
  • Mayor sensibilidad a la luz: las pupilas se dilatan o contraen en función de la luz a la que son expuestas. En situaciones de potencial peligro, las pupilas se dilatan con la finalidad de hacernos ver mejor todos los detalles del entorno, independientemente de la cantidad de luz, por ello es normal sentir molestias en la visión o incluso manchas.
  • Pensamientos descontrolados o percepciones extrañas: como apuntábamos más arriba, ante estímulos potencialmente peligrosos se activan las partes más antiguas de nuestro cerebro, al no estar acostumbrados a regirnos por este cerebro reptiliano podemos sentirnos raros, percibir la realidad de manera diferente a como solemos hacerlo o pensar que perdemos el control sobre nuestros pensamientos.

Proceso controlado

En el proceso controlado, se activa el córtex prefrontal, que comprueba si la situación es realmente peligrosa o no. Una vez que determina que la situación no es peligrosa, nuestro sistema nervioso central vuelve a mandar una señal, en este caso, al sistema nervioso autónomo parasimpático, para que nuestro cuerpo vuelva a su estado natural.

 

Proceso fisiológico de la ansiedad

 

Trastornos de ansiedad

El mecanismo que dispara la ansiedad es muy útil de cara a nuestra supervivencia, pero ¿qué pasa cuándo se dispara ante situaciones que no son potencialmente peligrosas? Es aquí donde empezamos a hablar sobre trastornos de ansiedad.

Las situaciones que pueden llegar a desencadenar la ansiedad son muy diversas, dependen en gran medida de la historia personal de cada uno. Teniendo en cuenta la clasificación realizada por Arrindell et al. (1991), podemos hablar de cuatro grandes bloques de estímulos que pueden resultar ansiógenos:

  • Temor a situaciones interpersonales: temor a las relaciones sociales, a la evaluación, a la crítica, al rechazo, a los conflictos y a las agresiones interpersonales y sexuales.
  • Temor a las situaciones relacionadas con la enfermedad, la sangre, las lesiones o la muerte: temor a padecer alguna enfermedad, a los procesos quirúrgicos e incapacidades, a la contaminación, a sufrir algún daño físico, al suicidio o a cualquier amenaza sobre la salud y la vida.
  • Temor a los animales: insectos, reptiles o incluso animales que puedan resultar inofensivos como aves, gatos, perros, etc.
  • Temores agorafóbicos: temor a lugares públicos, a las masas de personas, a espacios cerrados, a viajar solo en tren, autobús o avión y a los espacios abiertos.

En ocasiones también puede suceder que el estímulo desencadenante de la ansiedad sea una sensación de nuestro propio cuerpo que no sabemos identificar, como por ejemplo un aumento del ritmo cardíaco o dificultad para respirar. Al no saber las causas que han producido dichas sensaciones la persona puede interpretarlas como ansiedad, convirtiéndose así en desencadenantes.

Afrontando la ansiedad

El primer paso para afrontar la ansiedad es identificar que existe el problema. Estos son algunos de los síntomas que podemos sentir cuando tenemos ansiedad: sensación de angustia, miedo, inseguridad, preocupación, malestar, pensamientos negativos, nerviosismo, anticipación de situaciones catastróficas, amenaza, dificultad de concentración, menor rendimiento intelectual y dificultad para tomar decisiones entre otros.

Solicitar la ayuda de un profesional puede ayudarte a superar el problema con éxito y evitar que la ansiedad se cronifique. Las principales guías de práctica clínica basadas en la evidencia científica (como la National Institute for Health and Clinical Exellence -NICE-), recomiendan la terapia cognitivo conductual como el tratamiento de primera eleccion en el trastorno de ansiedad generalizada y las fobias específicas.